Bienaventuranzas (en la vida cristiana)

La bienaventuranza propiamente dicha, el estado de bienaventuranza alcanzado en la visión beatífica, es la posesión plena del único bien verdaderamente perfecto. Las actividades de la vida humana que conducen más eficazmente a esta bienaventuranza, y por eso merecen compartir su nombre, son aquellas en las que el Espíritu Santo se hace cargo de la vida sobrenatural del alma. De ahí que San Agustín, y Santo Tomás de Aquino que le siguiera, vieran en las bienaventuranzas declaradas por Jesucristo en el Sermón de la Montaña (Mt 5.3-10) la descripción de un alma que vive bajo la dirección del Espíritu Santo. Así, las bienaventuranzas llegaron a ser conocidas como los actos más elevados de virtud que puede realizar en esta vida alguien en quien predominan los dones del Espíritu Santo.

Los actos sobrenaturales que el Señor describió en las primeras siete afirmaciones de bienaventuranza representan las actividades propias de los siete dones. La aplicación está confirmada por los términos que usó Cristo. La pobreza de espíritu, la mansedumbre evangélica, el hambre y la sed de justicia, las lágrimas, la compasión, el desprendimiento del corazón y la pacificación son efectos que solo la dependencia absoluta de Dios puede lograr en el alma.

Las bienaventuranzas son la coronación de la vida del cristiano en la tierra. Son actos de virtud que han sido perfeccionados en el grado más alto posible por quien se ha vuelto habitualmente dócil al Espíritu Santo. Entonces, si bien las bienaventuranzas son actos de virtud, su actividad es también el resultado de una vida influenciada por los dones. Son el logro conjunto de virtudes y dones. En realidad son la realización del don más grande, el Espíritu Santo, que obra en el alma, indirectamente a través de las virtudes, directamente a través de los dones.

Según Santo Tomás, cada bienaventuranza corresponde a un don. La pobreza de espíritu, por ejemplo, corresponde al miedo. La virtud de la templanza impulsa al hombre a usar lo que es delicioso para los sentidos con moderación; el don del miedo va más allá y le inspira un cierto desprecio por tales bienes. Así, llega a la pobreza de espíritu y en ese acto es bendecido o beatificado. Y así ocurre con los demás: la bienaventuranza de la mansedumbre corresponde al don de la piedad; lágrimas, a la del conocimiento; justicia, a la entereza; misericordia, para aconsejar; limpieza de corazón, para entendimiento; la bienaventuranza de la pacificación, al don de la sabiduría. La octava bienaventuranza, que es el sufrimiento de la persecución, o la aceptación del martirio, es un resumen y una consumación de todas las demás.

Ver también: espíritu santo, dones de.

Bibliografía: soy martínez, El Santificador, tr. metro. Santo Tomás de Aquino (Paterson, Nueva Jersey, 1957). B. ranita La morada del Espíritu Santo en las almas de los justos, tr. sa raemers (Westminster, Maryland, 1950). B. jarrett, La presencia permanente del Espíritu Santo (2ª ed. Londres 1934). tomas de aquino, Summa theologiae 1a2ae, 69–70. s. pinckaers, La fuente de la ética cristiana, tr. mt noble (Washington, DC 1995)

[pag. mulhern]